domingo, 18 de mayo de 2008

Poesía

Mañana

Sobre mis zapatos...

camino en la mañana
¿será la hora y 30 o ¼ a la siguiente?...
camino en la mañana
En polo con camisa,

correa y sin corbata,
camino a la avenida,
camino en la mañana.
Canto,

pienso,
creando
tu paseo sibarita,
porque te extraño sobre mi trecho…
te extraño en la mañana…

Doblo las piernas bajando la vereda,

arruino mi peinado
girando la cabeza,
porque no pienso y no quiero arrebatarme de lo que hoy amo,
puentes,
baños,
lápices
y tus abrazos…
Por eso camino

y te extraño en la mañana…

El ventarrón,

el paraca,
que trae humos tabacales,
no sólo desvirtúa nuboso,
a lo risueño bajo mis dos ojos,
sino es que también electrocuta,
acelera
mi pulso tranquilo volviendo entre dos trazos
por tus labios perversos y finos,
abarrotando mi medula
(al no haber espacio en el lóbulo frontal),
de tus comentarios innivelados
por los que yo cacareaba tranquilo y sonrojado…

Y trae libros caudalosos

de primos castellanos,
de César,
de Pablo,
de Mario,
de Gabriela,
de Blanca,
de Patricia…
Que se cuelgan de mis neuronas,

que vagan entre los toques enérgicos
que causa mi desesperación
por ir derecho a entretejerme
con las fibras de tu doliente costillar...

Pero se,

que al terminar de devorar
el pan con palta madura
del desayuno mañanero,
en el jirón Camaná con Ica,
buscaste en la mesa,
buscaste en el florero,
en el servilletero,
miraste a la calle
y escondí
mi cuerpo sobre la plaza,
allí con tres palomas,
al costado del monumento
de impresión abstracta,
frente a San Agustín
y parado sobre la caca.

Caminaste...

conteniendo en tu boca
el color del lápiz labial,
conteniendo en los ojos
el color del rimel,
y caminaste a otra calle
y te fuiste atravesando otro pasaje…

Busqué comprar maíz

para callar
a las aves del parque,
las malditas revolaban
sobre todo lo cercano,
y no tragaban
el vil soborno
de la marcial timidez
que aún me acompaña,
esa que me mata
cuando tarareo tu nombre
y me acerco a arrojarme
sobre las miles de lágrimas
que se estancaron
rodeando tu cuerpo...

Tome los zapatos,

la camisa y el tabaco,
corrí despacio,
corrí sobre el delirio, llegando al sexto piso
de la casa que me esconde,
y observé al nublado,
al pesado armatoste... armazón cuadriculado,
de acero, polvo y nubes...
Observe el cuartucho tostado,

me llené de pena,
de titánica tristeza,
de olor a clavel torturado en agua…
me sentí partera,
me sentí nublado,
nublado como los altos circulantes
que desesperados pueden gotear
sobre la capital ya inundada.

Como la Lima...
ya revuelta por Juliana.

Proeta

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